In memoriam

Hace días estaba en el sofá de casa. El frío llegó de golpe.  Mientras descanso, que es una de las pocas cosas que puedo hacer, tapadita con una manta, veía la televisión. He de decir que estas bajas me hacen estar al día en cuanto a los cotilleos se refiere. Me trago el "Tomate", eso sí, mientras Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcaide desatan su lengua de manera mordaz, yo duermo. Más tarde, una vez he hecho la siesta y las meriendas de las niñas me trago el "Está pasando" y por último, antes de preparar la cena, "El diario de Patricia". Y digo "me trago" porque engullo la programación televisiva, sin prestar mucha atención, que tampoco hay que tener un master para consumir semejante alarde de creatividad literaria.
 
Estaba yo en esas cuando me sorprendió uno de las invitados al programa de Patricia. Un tal Ricardo pretendía pedir a su expareja que volviese con él. El sujeto, bien vestido, encorbatado y aseado, contó por encima lo tortuoso de su relación. Alicantino él, había dejado a su esposa y a dos niños por iniciar una relación con Svetlana, una ciudadana rusa de 30 años afincada en España. Entre otras muchas cosas,  como acto de amor y confianza, él le había pedido que solicitase un crédito a su nombre con el compromismo de que sería él quien haría frente a los pagos. Evidentemente él había incumplido su palabra.
Le hicieron dejar el plató y la presentaron a ella con la excusa de que contase su experiencia como inmigrante en España. Svetlana tenía una hija y se ganaba la vida honradamente como camarera. En un momento dado hacen aparecer a su expareja. Su tímida sonrisa se apagó. Sus ojos se desencajaron y nerviosa se cogía las manos que apoyaba sobre su regazo.
El individuo  echó una rodilla en el suelo, cual caballero andante, y sacando un estuche, que presumiblemente contenía un anillo, le pidió que se casara con él. "La vida es una y yo la quiero vivir contigo" le dijo. Ella no se atrevía a mirarlo, no articulaba palabra y sólo acertaba a morderse el labio inferior. La presentadora le pidió que lo mirase y que le diese una respuesta. Ella sólo lo miró el instante preciso para, con una voz  rota, decir: NO. Él lloriqueó…
 En ese momento sólo pensé en que un hombre que se humilla no consigue que una mujer lo ame, mientras que un hombre humilde hace que lo ame para siempre o que por lo menos lo respete y lo admire.
Esta mañana he oído las noticias. Svetlana ha muerto. Un deshecho humano la degolló el domingo pasado. Sí, el mismo que se humilló ante ella y que muy probablemente no pudo soportar que ella le negase el amor ante tan magna audiencia.
Para él no hay palabras, sólo desprecio.
Para ella: Svetlana, descansa en paz.
 

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